UNA ISLA LLAMADA GORGONA

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UNA ISLA LLAMADA GORGONA

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Como algún poeta lo describió “El ceño siempre recogido insinuando una pena o una duda, el mirar con un ceño distraído, la boca misteriosamente muda” este es nuestro personaje, educado en su adolescencia en el seminario al abrigo de su Tío Cardenal; indudablemente la literatura, teología, filosofía y profunda fe le marcaron el camino a dedicar su vida al servicio de los demás.

Ingresó a la nueva institución de Policía muy joven, la cual arrancaba en esa época, su disciplina, convicción y dedicación lo llevo siempre a destacar en su grupo, sus compañeros y alumnos lo recordaran siempre por su estricta disciplina y gran corazón.

Estuvo en la gran sabana sucreña desempeñando una de sus primeras misiones, allí contrajo nupcias con el amor de su vida, lo hizo por poder como se usaba en la época, puesto que su comandante no le autorizó el permiso para viajar a Cundinamarca, formaron un bello hogar adornado por 7 retoños.

Arturo Manrique era un oficial brillante, inteligente, recto, pulcro el mejor de su promoción y de todos los cursos de ascenso.

Su promoción es reconocida hasta el día de hoy en la Policía Nacional como la “Promoción de los sabios” donde siempre se destacó, había nacido para ser el mejor eso era natural en él, un hombre de Pamplona con la verraquera y tenacidad de un Santandereano ese era el Mayor Manrique.

Pronto llegarían los traslados de fin de año, esto causaba una gran expectativa en la familia, su esposa una mujer abnegada y su apoyo fundamental, era su polo a tierra, con quién contaba totalmente; Una mujer con una voluntad de hierro.

Todos esperaban en el mes de diciembre la llegada del correo del comando central, de esta manera se sabría a dónde los enviarían.

El lunes 8 de diciembre día de las velitas el Coronel Villamizar jefe del estado Mayor de la Policía nacional llamaría a su despacho al Mayor Manrique.

“Mayor tenemos para usted una ardua misión.  Sabemos de sus capacidades; Usted es el mejor, y sabemos que podemos contar con un oficial de sus pergaminos.”

Qué ordena mi Coronel, respondió el Mayor.

–   ¡Lo hemos trasladado a la Isla de Gorgona con su familia.  ¡Usted será Comandante de la prisión de alta seguridad; una labor que debe ejecutar con humanidad y entrega!

Sale el próximo lunes trasladado con su familia,

–   ¡Dios y Patria Mayor!

–   Puede retirarse.

 

El Mayor Manrique no imagino que sería trasladado a esta isla, era un lugar salvaje inhóspito, la misión era la de ser comandante de la prisión dónde enviaban a los criminales más peligrosos del país, en ese momento.

Gorgona es una isla en el océano pacífico formada alrededor de un volcán, un terreno salvaje lleno de víboras, por este motivo fue bautizada por su descubridor Francisco Pizarro, como la Gorgona de la mitología Griega por su cabeza llena de serpientes.

El Capitán llegó a casa callado, con nostalgia por el cambio que tendría su familia.

–   ¿Cómo le fue mijo… y esa cara Arturo, que le pasó?

–   Mija, salimos trasladados para Gorgona

Un silencio se apoderó del momento, el cual rompió Manuela,

–   ¡Muy bueno mijo!, lo felicito, vamos a ver las ballenas, los niños estarán felices.

El día 22 de diciembre llegaría el Mayor Manrique a la  Isla de Gorgona con su esposa y sus 6 pequeños hijos, a su mando tendría dos oficiales, 8 suboficiales y 32 agentes, el barco llegó sobre el medio día a la isla, el viaje duro cinco días desde Buenaventura en un barco maderero que llevaba consigo provisiones para la isla.

La isla contaba con 78 prisioneros, la prisión era húmeda y oscura, los prisioneros, realizaban trabajos forzosos y las condiciones generales de vida no eran las mejores.

Con la llegada del Mayor Manrique muchas cosas empezarían a cambiar, la comida, la limpieza y el aseo en la prisión debían ser una prioridad, los presos tendrían sesiones diarias de deporte y clases para aprender a leer y escribir, sus dos tenientes al mando daban los cursos y estarían muy pendientes de la salud de los reclusos, igualmente realizaban trabajos de mantenimiento diario en la isla y prisión.

En la población de penados existía uno que su nivel de violencia lo llevaba siempre a estar castigado, el comandante no sabía qué hacer, nada funcionaba.

El comandante lo llamo a su despacho y le dijo: Usted no sabe leer ni escribir y como no le gusta, su castigo será ¡aprender a leer y escribir sin excusa!

Muchos años después, cuando ya se acercaba el fin de su condena este personaje relataba sin reparo que fue el mejor castigo que le dieron, que por supuesto cambio su vida y recordaba con agradecimiento a su comandante.

El Mayor Manrique poco a poco daría una mejor calidad de vida a los prisioneros que hablaban de un Comandante muy estricto pero con un corazón de oro.

Una de las rutinas mensuales del Mayor con el destacamento de la Armada Nacional era la de salir a las 4 de la mañana al municipio de Guapi en el Cauca a 35 kilómetros de la isla, para realizar misiones de abastecimiento, envío de correo y reuniones extraordinarias con los altos mandos, ese día la embarcación con dos motores Yamaha había salido del muelle con el piloto, un suboficial de la armada, el médico y una monja que ejercía labores humanitarias en la isla. Su misión era la de enviar el correo y cumplir con una reunión con los comandantes de la Policía.

 

Todo se llevaría a cabo como estaba previsto; su retorno estaba pronosticado a la 1 de la tarde para estar a las 4 de la tarde en Gorgona, pero el Mayor Manrique no se me imaginaría lo que pasaría a su retornó.

Cuando llevaban alrededor 25 minutos de haber zarpado de Guapi, dirección la isla de Gorgona, ya mar adentro uno de los motores prendió fuego, rápidamente apagaron la lancha y con el extintor trataron de apagarlo, pero era inútil pues tomo tal fuerza que quemaría el motor del lado, para cuando lo lograron apagarlo ya ninguno de los dos motores servía, estaban a la deriva no servían en lo absoluto.

El piloto llamó por radio reportando el suceso, pero estaban próximos a una tormenta y al parecer en las comunicaciones había mucha interferencia, nadie escuchaba las señales de alerta, se encontraban a Merced del océano pacífico en una pequeña embarcación, la situación era bastante compleja.

Ese día Manuela preparo a sus hijos muy elegantes para recibir a su esposo en el muelle que llegaría de la misión…pero ese día no llegaría la tripulación, estaban en medio del mar.

En la isla la comunicación era precaria solo existía un teléfono y siempre estaba dañado, la radio servía a medias y no tenían forma de saber que había pasado Arturo.

Su esposa lo seguiría esperando cada día a las tres de la tarde en el muelle con sus hijos; Manuela se enteraría al tercer día de su “desaparición”.

Al segundo día La armada nacional envío un bote de salvamento a buscarlos, se aproximaba una tormenta y debían actuar lo antes posible, cada minuto jugaba en contra y debían rescatarlos, el bote de salvamento nunca los encontraría.

Mientras tanto en la embarcación el Mayor Manrique le decía al piloto intenté nuevamente nos tienen que escuchar! debemos dar las coordenadas, pero era inútil.

Esas aguas permanecen invadidas de tiburones, el océano pacífico es salvaje y violento; todos estaban muy preocupados, en la embarcación solo tenían 3 chalecos salvavidas, Arturo le dio el suyo al médico que estaba aterrorizado, el Mayor y el suboficial quedaron sin chaleco, Algo positivo era que tenían en la lancha unas galletas y unos panes de dulce que el sacerdote de Guapi le había enviado a Manuela y sus hijos, de eso se alimentarían esos días en alta mar.

Pasó lo que se temía, la marea empezó a sacudir el bote y un aguacero empezó a caer torrencialmente, los tripulantes se agarraron fuerte al bote y ajustaron sus chalecos salvavidas, fueron dos horas de terror, con olas de 5 metros en la oscuridad del océano, esa noche se batieron con la naturaleza para sobrevivir.

De un momento a otro todo paso la lluvia y una calma volvió al mar, se despejó el cielo y salieron las estrellas.

 

Al cuarto día el suboficial y el médico estaban invadidos por el miedo y la desesperación, la monja estaba delirando, su estado de salud no era el mejor, el Mayor “frío” y sin perder liderazgo mantuvo la moral de la tripulación todo el tiempo. Durante cinco días se hidrataron tomando su propio orín, fueron días largos, solo un Milagro los salvaría, Arturo sentía miedo pero nunca perdió compostura el solo pensaba en su familia.

En la prensa nacional al quinto día de estar perdidos, esa mañana salió la noticia, con la foto del quepis de un policía en el mar, con un encabezado que decía:

” ¡Abandonan la búsqueda! declaran desaparecidos al Mayor y su tripulación”

Cuando estaban al quinto día en alta mar, ya casi sin fuerzas apareció de la nada un buque pesquero de bandera Panameña los habían salvado! se encontraban a 45 kilómetros mar adentro, la marea los había arrastrado, su rescate fue un milagro, en este barco les dieron los primeros auxilios y luego fueron llevados a Buenaventura dónde recibirían atención hospitalaria.

El mayor Manrique llegó caminando la enfermería, quemado por el sol y deshidratado, dónde recibió hidratación pero se le veía fuerte casi intacto, su mirada nunca desfalleció permanecía imperturbable siempre se mantuvo calmado era un líder innato.

La noticia le dio la vuelta al país, ¡el comandante y su tripulación habían aparecido con vida!

Al llegar al hospital en Buenaventura el Mayor Manrique informaría a su familia por radio de la buena nueva, en la isla hasta los prisioneros se alegraron de la noticia.

En la habitación del hospital regional de Buenaventura le entregaron el periódico, en primera página leyó la noticia donde informaban de que habían abandonado la búsqueda…y vio la foto del quepis en el mar.… se le erizó la piel y un nudo en la garganta lo atrapo.

Si no fuese por ese buque pesquero no hubiesen sobrevivido, los habían rescatado justo a tiempo.

Al regresar con su familia a la isla un periodista le haría una entrevista y le dijo:

¿Por qué cree usted que se salvaron Mayor?

El Mayor respondió “Yo nunca perdí la fe en Dios y siempre me imaginé volviendo a casa, nunca me entregué aun sabiendo que podía morir, debía darles ánimo a mis compañeros y eso hice, ellos confiaban en mí no podía defraudarlos, pasamos momentos difíciles, pero gracias a Dios, al buque Panameño y a la encomienda de pan y galletas que el sacerdote le había enviado a mi familia estamos vivos”

 

 

Autor:

Boris Sánchez Maldonado

 

 

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