Cuento – ¡Una llamadita por favor!

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En aquel pueblo a la época aún las comunicaciones se hacían por telegrama y para llamar a larga distancia se acudía a Telecom en el centro de la ciudad, no existían celulares mucho menos correo electrónico.

Se vivían aún momentos en los que se convivía más de cerca de los vecinos, las largas visitas en mecedoras, las reuniones para jugar cartas y domino hacían parte de la rutina del pueblo.

Era una época de comunicación directa, eran tiempos más fáciles, no había tantas complicaciones, las puertas de las casas permanecían abiertas y hasta se intercambiaban menús de almuerzos en las casas del lado.

En casa de los Suárez vivían dos viejos que compartían su soledad después de la partida de sus hijos y nietos, vivían gracias a la pensión del Don Pablo un marinero del río Magdalena que entrego su vida a navegar por el río cuando era la fuente principal de transporte de la época y ahora estaba dedicado a disfrutar con su esposa los momentos de tranquilidad y hogar que durante años añoro.

En casa de Doña Mercedes y Don Pablo tenían algo muy importante para el barrio la “joya” del barrio, el aparato más importante y no hablo de vanidades, les hablo de un teléfono.

Un teléfono único en el barrio de color gris Marca Ericcson de disco giratorio que había comprado el esposo de Mercedes en uno de sus viajes a Barranquilla y que reposaba en un bife ubicado al lado del comedor al lado de las fotos de sus hijos y nietos.

El teléfono era su compañía y el único contacto con sus seres queridos.

Todo el barrio recibía sus llamadas sin importar la hora en casa de Mercedes, se recibían llamadas para todos los vecinos y de muchas partes, inclusive se recibían llamadas por cobrar que nunca nadie pago.

Cuando timbraba el teléfono ya todos en casa estaban acostumbrados, la intimidad se rompía con la llegada de las personas para recibir sus llamadas; La empleada salía a avisar a las casas de los vecinos de la llamada esperada.

Teresa, salía de casa en casa para avisar a los vecinos de la llamada, tenía que lidiar con algunos vecinos faltos de cultura que además de servirse del teléfono, le hablaban despectivamente como si ella fuese su esclava y estuviésemos en la época de la conquista, pero esto era algo que hacía parte de la rutina de teresa, llevaba la peor parte de la historia, en especial cuando llegaba a la casa de los De Mendieta.

Doña Tuti De Mendieta era una vecina muy particular, una de las que con mayor frecuencia se servía del teléfono, prácticamente a diario recibía llamadas y se extendía con tertulias telefónicas, llamadas que según ella recibía de Miami pero que en realidad eran   de plato Magdalena, TUCHIN y Macayepo, casi siempre recibía llamadas de una hermana, otra princesa de la dinastía de plato magdalena.

Doña Tuti tardaba en promedio 35 minutos en cada llamada,  su rutina era tal, que recibía una llamaba en la mañana y otra en la tarde, ella entraba a la casa sin timbrar, inclusive el volumen de su voz en sus llamadas no era modulado, pues gritaba y hasta peleaba sin importar que estuviese en casa ajena, mientras que la familia almorzaba; Esto parecía no importarle a doña Tuti que abusaba de la gentileza de la familia que le prestaba un servicio; pero  ella no conocía de vergüenza, pues para ella todos los del barrio estaban en otra categoría y ninguno estaba a su nivel.

Al terminar su llamada dejaba el teléfono untado de labial y en el ambiente quedaba un olor a perfume intenso de aquellos olores penetrantes de perfume barato, que según ella había traído de Miami pero que en realidad compraba en el mercado y tenía un pacto con el vendedor de nunca decir que ella acudía a su local, porque le dejaría de comprar.

Su oficio era ser una “Madame”, había nacido con el alma de una reina de   castillo de la edad media, pero con el genotipo de alguien de la región, se condenó a vivir hasta su muerte sola, ya que ningún hombre fue digno de sus “abolengos sangre azul de plato magdalena”

La familia Suárez era una familia normal, no había tiempo de preocuparse por las cosas banales, en esa casa eran lo que eran seres que vinieron al mundo a servir, a amar al prójimo, sin lujos, ni mucho dinero, ¡pero eso sí! con teléfono!,

así se vivía en casa de los Suarez.

Al llegar la factura llegaban unas cuentas enormes y aquellos que desfilaban diariamente para servirse del teléfono ya conocían en qué fecha del mes llegaba el cobro, entonces ¡desaparecían!, si te encontrabas con alguno ellos en la calle no te saludaban, por lo tanto si se les veía con frecuencia en la modista y en el salón de belleza a aquellas señoras del barrio que como doña Tuti  se servían del aquel viejo teléfono gris.

Al pasar algunos días no contaba con el dinero para pagar el teléfono, en la familia esto generaba mucha tristeza y frustración, ya que este teléfono había sido comprado para poder hablar con sus seres queridos que vivían en Bogotá, ya hacía algunos años, era una manera de sentirlos más cerca.

Los viejos hacían lo que podían, la pensión de don Pablo no daba para más, se salía del presupuesto semejante deuda y la cortada de la línea por falta de pago era inminente, nada podrían hacer ante tal situación.

Al cabo de unos días doña Tuti se encontró en la tienda con doña Mercedes y le dijo: ¿Niña cómo estás? ¡mi hermana me ha estado llamando de New York, pero al parecer te cortaron el teléfono jajajaja ustedes sí que son mala paga!

A lo que doña Mercedes respondió: ¡Si mija linda no tenemos como pagarlo y llegó una cuenta muy grande!

Doña Tuti le respondió: ay niña eso te pasa por andar prestando ese teléfono a tanta gentuza, …. yo te dejo me tengo que ir al club a jugar cartas, chao niña Mercedes me avisan cuando paguen el teléfono para hacer una llamadita.

Autor: Boris Sánchez Maldonado.

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